HISTORIETA: PERSONAS EXTRAORDINARIAS

gabyCuando un país honra a una embajadora extranjera, todos sabemos que quien recibe esos honores es todo el país al que representa. Y no el personaje de turno.Gaby estuvo hace un tiempo por España y una cocinera le hace un elogio hermosísimo. Como en el caso de las embajadoras, esas palabras no son sólo para ella, sino para todo el proyecto Manitos-Canat. Sin permiso de Gaby, sabiendo que no le va a gustar, publicamos un precioso comentario que en un blog de cocina -¡cómo no!- publicaron sobre ella, sobre MANITOS-CANAT, el pasado día 13 de marzo. Aunque se nos enfade un poco, lo que dice es muy bonito y muy cierto. 

Lee y verás.

Una, a veces tiene suerte, y la vida le permite tropezarse con personas extraordinarias.
Personas  de esas, que dado el tiempo en el que nos ha tocado vivir, cuesta hasta creer que aún puedan existir sobre la tierra. Personas que inexplicablemente, y al contrario de lo que sucede con los animales escasos, aún estando en vías de extinción,  no encuentran en este mundo programa alguno que las proteja.Personas que para no estropearla, pasan por la tierra sin pisarla. Personas que la abonan con sus obras y la riegan con su ejemplo, con sus sonrisas y con sus lágrimas.
Hace unos días volví a tener suerte y un amigo al que por sus obras podría calificar de poco común y nada ordinario, me sacudió la pereza a base de insistencia para que acudiese a nuestro excolegio de los Jesuitas de Vigo, a conocer a otra de esas personas que son un revulsivo en si mismas y que sin pretender ser, ni hacer nada, nos dan, con su ejemplo, un buen y necesario tirón de orejas al alma.
Y allí estaba Gabriela, Gaby para los amigos, amigos que desde muchos rincones de Galicia se acercaron a abrazarla, emocionados por los recuerdos de haber sido voluntarios en tiempos diversos y en tiempos revueltos, en la obras que dirige en Piura, Perú. Y allí estaba Gaby, una persona de esas que por única, no necesita más que un nombre bien cortito. Gaby, una de esas pocas personas, que por escasas, no necesitan apellidos para identificarlas.
Gaby nos contó su vida de la forma más natural, sosegada, tierna, humilde y tranquila que podáis imaginar. Quizá porque Gaby es también una de esas personas de ojos de agua que no necesitan más que mirarte para transmitir toda la  paz y la  bondad que su alma alberga, emociona aún más su durísimo relato,   dulcificado y, sobre todo, positivizado al ser leído en sus ojos navegables.Gaby, que un día dirigió una empresa en Perú, lo dejó todo y empezó a cuidar, educar y a alimentar, en todos los sentidos, a los niños que desde pequeñísimos trabajan, por obligación y por auténticas miserias, en los alrededores del mercado de Piura. Manitos se llama el proyecto que ella dirige allí.Por si esa labor fuera poca, llevada literalmente de la mano por uno de esos niños sin niñez que obligados por la vida buscan nuestras Disneylandias en botes de pegamento, llegó a saber de otros casi niños, que mueren solos, con hambre y además de Sida. Y ayudada por dos jesuitas, dos monjas y unas cuantas prostitutas de la zona, anda Gaby guisándose y buscándose la vida allí y por el mundo para sacar ese proyecto adelante. ¡Y no deja de ser una injusticia y una pena que casi nadie parezca acordarse nunca de esa otra Iglesia, la más grande y numerosa, a la que no se le caen los anillos, (ni los de San Pedro ni los propios), echando manos donde casi ninguno meteríamos las nuestras!
Oír a Gaby me produjo un nudo en el estómago, un nudo del estilo de aquel otro que también un día compartí con vosotros en este blog. Este fue un nudo más lejano en distancia geográfica, pero muy cercano en distancia humana. Este fue un nudo de esos de estómago que además de atar amargas las penas, paradojicamente, también era un nudo de desatar esperanzas.La esperanza y el consuelo que da saber que existen personas así, personas que como Gaby, dicen que arreglan sus penas cocinando y compartiendo en su mesa todo lo que guisan. Personas que dicen que tienen que cuidar mucho a los voluntarios que por allí pasan, porque su sufrimiento es inmenso cuando se enfrentan a la pobreza que allí ven, mientras no son capaces de encontrar entre esas penas alegría y esperanza.Escuchar a personas como Gaby supone recibir un esperanzador y aleccionador tirón de orejas del alma. Uno de esos bofetones necesarios para no caer en la tentación de sentirnos como Susanita, la rubia y tonta amiga de Mafalda,  que se congratulaba de lo verdaderamente buena que era al repasar en las noticias  el estado general de  mundo cada mañana.Gaby aún va a andar unos cuantos días por España, una España, en la que por desgracia, además del fútbol sólo la pobreza parece ahora también estar haciendo patria.Si tenéis la suerte de poder ir a oírla, hacedlo, y si además tenéis la suerte de poder ayudarla….

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